
He dedicado un par de horas a prestar atención al discurso presidencial sobre los 11 años de la llamada revolución bolivariana. Se que duró algo más que eso, pero tengo la certeza que no perdí mayor cosa. De hecho, como aún tengo la potestad de dormitar mientras el jefe habla – supongo que eso será así hasta que el Directv de Carreño conjure esta válvula – cuando volvía en mí, notaba que no había perdido el hilo de su peculiar narración. Es como los culebrones de la televisión, puedes dejar de verla un par de semanas que cuando regreses la “agarras” en tan sólo diez minutos.
Pues bien, no escuché nada nuevo. Hace mucho tiempo que en un acto protocolar ello no sucede. En eso tiene razón el nuevo eslogan gubernamental en eso de que “lo extraordinario se hace cotidiano”. Sin embargo, no hay que ser mezquinos, entre situación y cuestión hubo al menos un par de cosas que llamaron la atención de este soñoliento observador.
La primera tiene que ver con las caras, y mucho más importante la “atmósfera” que embargaba la situación. No voy a decir que los rostros se veían aburridos, porque eso no era lo que trasmitían. Las caras no se veían cansadas, mas lo que parece estar cansando es esa sempiterna imagen de acto político que alberga siempre los mismos rostros. Nadie nuevo, nada nuevo. … leer mas



















