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La superación de la dictadura económica

Dictadura economica ¿Es o no dictadura? Los venezolanos vamos aprendiendo que una dictadura no es siempre el producto de la toma violenta del poder. Hemos visto cómo un gobierno electo se puede hacer progresivamente dictatorial. Estamos comprendiendo, además, que esta segunda modalidad resulta más perniciosa que la primera pues se presta a dudas diversas. Para muchos es evidente que la represión, la persecución y la prisión por razones políticas, unidas a la ausencia de separación de poderes y a la hegemonía comunicacional, definen al régimen como una dictadura. Otros, sin embargo, continúan hablando de un gobierno con cierto sesgo autoritario, pero legitimado periódicamente mediante elecciones. Mi argumento es que el régimen optó por el camino dictatorial hace varios años, al asumir al socialismo del siglo 21 como su programa político.

El socialismo es intrínsecamente dictatorial. El socialismo del siglo 21 es una nueva forma de comunismo. Lo dijo el propio Fidel hace algunos años. Y cualquiera que lea el “Plan de la Patria” podrá corroborarlo. Este socialismo asume la lucha de clases como premisa para interpretar la dinámica social e impulsar su transformación. Comparte, además, la idea de que la única forma de superar esa lucha es haciendo menguar la propiedad privada. En el “Libro Rojo” del PSUV, por ejemplo, en medio de retórica marxista se dice: “la propiedad privada de los medios de producción determina en cualquier sociedad las relaciones de trabajo, las relaciones humanas y todos los aspectos de la vida, negando los objetivos de una sociedad humanista, solidaria, socialista”. Por ello, el acoso a la supuesta clase propietaria es uno de los aspectos fundamentales del proyecto político revolucionario. También lo es el control integral del proceso económico. Tales pretensiones significan, desde luego, violar las libertades económicas y generar numerosas resistencias entre los afectados por las políticas socialistas. Es por ello que el socialismo tiene que ser una dictadura económica. Esto es algo que fue previsto por el pensamiento marxista, que abogaba por la “dictadura del proletariado” como fórmula para manejar la conflictiva transición hacia el comunismo. De hecho, en el citado Libro Rojo se habla de concentrar el poder “… como forma de superar la concepción liberal burguesa de la separación formal de poderes”.

La debacle del socialismo profundiza la dictadura. El socialismo, entendido como transición hacia el comunismo, destruye los incentivos para la inversión y el emprendimiento. Lo cual se ha traducido invariablemente en pobreza, escasez y racionamiento. El socialismo ha creado también Estados burocráticos, ineficientes y corruptos, cuyo sostenimiento ha resultado finalmente imposible. Varios regímenes socialistas, enfrentados a problemas fiscales insuperables, han acudido incluso al financiamiento mediante la creación de dinero, generando graves episodios inflacionarios. Tal cúmulo de problemas ha provocado el natural descontento social, enfrentado por las dictaduras socialistas mediante variadas estrategias represivas. Y ya no solo contra los supuestos burgueses explotadores del pueblo, sino contra el pueblo mismo.

Un mercado competitivo es democracia económica. Frente al socialismo del siglo 21 no ha cobrado fuerza aún una visión alternativa. Muchos pensamos que, en realidad, solo una economía de mercado es compatible con la libertad de las personas y, por tanto, con el despliegue de su capacidad creadora y su espíritu de emprendimiento. Aclaro, sin embargo, que no toda economía de mercado logra eso. No lo hacen economías de mercado de tipo oligárquico (en las que el poder económico se concentra en pocos grupos sociales) o de tipo monopólico. Sí lo ha hecho la llamada economía social de mercado, caracterizada por la existencia de instituciones que no solo garantizan los derechos económicos y evitan la conducta depredadora, sino que promueven la competencia entre los agentes económicos. En una economía así una empresa solo alcanza el éxito si logra satisfacer las necesidades de los consumidores. La economía social de mercado es, pues, democracia económica. Su fin último es que el crecimiento de la productividad, resultado de una economía competitiva y pujante, nos beneficie a todos como consumidores, elevando nuestra calidad de vida. Y esa es una de las razones, para quien se lo pregunte, del uso del adjetivo “social” junto al término “mercado”.

Roberto Casanova
@roca023

“Liderazgo y Visión” y la Política

GranConcentracion-900x600 1. Promover el interés por los temas públicos y la participación política es un componente esencial de la misión que Liderazgo y Visión se propuso desde su creación, en 1995, y que mantiene hasta el presente. Las circunstancias actuales muestran la pertinencia de tal principio.
2. La transformación de nuestra realidad es una tarea esencialmente política. Y el principal instrumento para la acción política son los partidos. Liderazgo y Visión siempre ha sostenido que todo partido debe, entre otras cosas, prepararse para facultar a la ciudadanía en la comprensión de los grandes temas públicos. Esto implica, desde luego, que la propia dirigencia y militancia de las organizaciones políticas –en especial quienes ocupan cargos públicos o aspiran a hacerlo – se inserten en una dinámica de constante reflexión y formación.
3. Lamentablemente, los partidos mantienen importantes rezagos en el necesario proceso de cambio que deben experimentar. Por otra parte, cierta actitud anti-política presente en parte de la ciudadanía estigmatiza la militancia partidista. Hemos creado así un terrible círculo vicioso. Los partidos no se renuevan porque no incorporan dentro de sí fuerzas de cambio y no logran incorporar esas fuerzas porque no se renuevan.
4. Con la intención de ayudar a hacer que la política venezolana sea también pedagogía social varios de los integrantes y ex integrantes del equipo coordinador de Liderazgo y Visión hemos decidido incorporarnos a un partido político. Ante tal circunstancia, nos parece conveniente puntualizar dos cosas.
5. La incorporación a un partido político es una decisión absolutamente personal. Tal decisión no compromete en nada a la organización. Liderazgo y Visión continúa siendo una organización civil independiente, sin una orientación partidista ni fines de lucro. Sus programas y proyectos no han estado ni estarán mediatizados por las legítimas preferencias partidistas de las personas que integramos la organización. Cabe anotar, además, que sería contradictorio con nuestra misión exigir la no militancia como condición para formar parte de nuestro equipo.
6. Es importante informar que varios de los integrantes del equipo coordinador que se están incorporando a un partido, no desempeñan formalmente, desde el año pasado, cargos en nuestra organización aunque siguen estrechamente comprometidos con ella.
7. Hoy vivimos tiempos intensamente políticos. Los demócratas debemos cerrar filas ante la dictadura. Cada quien debe buscar la forma de contribuir al esfuerzo común orientado a superar esta época turbulenta y encontrar la senda del progreso en libertad. En tal sentido, militar en un partido es una opción que todo venezolano debe seriamente ponderar.

Roberto Casanova
@roca023

Me incorporé a un partido político

militancia Un creciente número de venezolanos lucha hoy por recuperar las libertades que un gobierno autoritario le viene progresivamente arrebatando y por independizarse de la nefasta influencia de la dictadura cubana. Muchos entendemos que la mayoría de los problemas que nos agobian – escasez, inflación, inseguridad, conflictividad – son la inevitable consecuencia de un modelo de corte comunista que pretende controlar a la sociedad entera y subordinarla a una élite ambiciosa, sectaria y corrupta. Otros más lo irán entendiendo y, pronto, esperemos, una mayoría consistente comprenderá que este régimen es incapaz de conducirnos al progreso, con libertad y justicia.

Los actuales eventos demuestran, sin embargo, que no basta con que hoy algunos sectores desafíen, con coraje cívico, al régimen. Requerimos, además, un trabajo de articulación social y una dirección política. Por una parte, el éxito de nuestra lucha democrática pasa por la convergencia de las diversas demandas sociales en una misma causa transformadora. Por otra parte, la diversidad de opiniones no debe ser obstáculo para lograr la coordinación que necesitamos para enfrentar a un régimen dispuesto a casi todo para mantenerse en el poder. Estas son tareas que, en circunstancias ideales, deberían cumplir, principalmente, los partidos políticos. No es lo que ocurre, como es sabido.

La mayoría de los partidos han centrado sus esfuerzos en la intensa dinámica electoral de los años recientes. Han alcanzado logros tan notables como el de unificar la acción electoral opositora. No es poca cosa. Aún así continúan teniendo bajísima credibilidad entre los ciudadanos, quienes los perciben como herramientas inútiles para otros propósitos colectivos. Muchos líderes sociales, sindicales, gremiales; muchos intelectuales y artistas; muchos ciudadanos, en general, no se plantean, ni por asomo, la posibilidad de sumarse a las filas de algún partido. Y ello da forma a un terrible círculo vicioso. Los partidos no se renuevan porque no incorporan dentro de sí fuerzas de cambio y no logran incorporar esas fuerzas porque no se renuevan.

¿Está pasando acaso el tiempo de los partidos? Definitivamente no. No es concebible una democracia digna de tal nombre que no cuente con un sistema de partidos. Los partidos tienen una razón de ser y es bueno recordarlo. A tales organizaciones les corresponde, para decirlo en una frase, preparar gobiernos alternativos. Esto implica: a) darle forma a visiones del país y popularizarlas de la manera más amplia posible; b) identificar y articular posiciones e intereses; c) ejercer la oposición en situaciones de normalidad democrática o, tal como hoy se plantea, la resistencia ante una dictadura; d) preparar a los eventuales gobernantes y legisladores; e) seleccionar candidatos a cargos de representación pública y participar en elecciones. Otras organizaciones pueden atender algunas de estas tareas pero sólo los partidos pueden y deben ocuparse de todas ellas.

Resultaría un lugar común afirmar que los partidos venezolanos no cumplen con las tareas que he mencionado. Quisiera invitar, más bien, a pensar por un momento sobre la enorme complejidad asociada a la creación y desarrollo de un partido hoy en nuestro país. Para quienes viven en condominio bastará con imaginarse un hipercondominio, integrado por decenas de miles de personas, para aproximarse a las dificultades inherentes al funcionamiento de un partido. El asunto es, sin embargo, mucho más cuesta arriba. Nuestros partidos están sometidos a un proceso de exterminio, lento pero sistemático, por parte de un régimen que aspira al control total. A pesar de todo allí están varios partidos, sostenidos por numerosos venezolanos quienes, con vocación y paciencia, han construido los únicos instrumentos con potencial para enfrentar el desafío de resistir al régimen y prepararnos para una nueva era democrática. Son experiencias que deberían contar con mayor estima social si la antipolítica, que ha rondado desde hace ya demasiado tiempo entre nosotros, no lo dificultase.

¿Acaso debemos esperar a que ocurra el desenlace que muchos deseamos para encontrarnos con que no tenemos partidos a la altura del reto de reconstruir nuestra democracia? Si ese fuese el caso no es impensable una situación en la que la sociedad se fraccione en innumerables grupos de interés. En ausencia de partidos políticos –reinventados, no los actuales– nadie estará cumpliendo la vital función de articular los intereses particulares con base en programas de gobierno. Surgiría entonces, progresivamente, una dinámica de facciones, de grupos enfrentados en la captura del Estado. En un contexto de ingobernabilidad como ese más de uno pensará que la solución deberá ser un régimen de fuerza que imponga el orden o, en otras palabras, una nueva dictadura. Así pues, la democracia de partidos representa el equilibrio entre una sociedad de facciones ingobernables, por una parte, y un régimen dictatorial, por la otra.

Vivimos tiempos intensamente políticos. Cada quien debe encontrar la forma de contribuir al esfuerzo común para superar los oscuros días que hoy vivimos. Yo, por mi parte, me convencí, hace ya varios años, de que la política es, en un sentido profundo, pedagogía social. Creo que todo partido debe prepararse para facultar a la ciudadanía en la comprensión de los grandes temas públicos. Es preocupante que muchos partidos hayan tendido a claudicar ante el desafío de ejercer el liderazgo intelectual de la sociedad y que por oportunismo o por incompetencia hayan optado por plegarse al estado de la cambiante opinión pública. Le corresponde a los partidos estar a la altura de esa responsabilidad y ejercerla con propiedad. Esto implica, desde luego, que la propia dirigencia y militancia de las organizaciones políticas –en especial quienes ocupan cargos públicos o aspiran a hacerlo– se inserten en una dinámica de constante reflexión y formación. Con la intención de ayudar a hacer que la política venezolana sea también pedagogía social varios profesionales nos hemos incorporado a un partido que, generosamente, nos ha recibido.

Sigo creyendo que la política puede – y debe – ser una de las actividades humanas más nobles. A fin de cuentas ¿no es una actividad enaltecedora de lo humano el dedicarse a cuidar y promover el bienestar común? La política sólo será redimida si nos convencemos de que ella es compatible con la sinceridad y la honradez. Decía Ortega y Gasset, hace exactamente un siglo, con respecto a la política en España, lo siguiente:

“La nueva política, todo eso que, en forma de proyecto y de aspiración, late vagamente dentro de todos nosotros, tiene que comenzar por ampliar sumamente los contornos del concepto político. Y es menester que signifique muchas otras actividades sobre la electoral, parlamentaria y gubernativa; es preciso que, trasponiendo el recinto de las relaciones jurídicas, incluya en sí todas las formas, principios e instintos de socialización. La nueva política es menester que comience a diferenciarse de la vieja política en no ser para ella lo más importante, en ser para ella casi lo menos importante la captación del gobierno de España, y ser, en cambio, lo único importante el aumento y fomento de la vitalidad de España.”

Ojalá otros se animen también a militar en alguna de nuestras organizaciones políticas. En la que prefieran, entre las demócratas. Los partidos tienen que ser insuflados con una parte de la energía social que está hoy en la calle. Sería algo de significación histórica que miles y miles de quienes hoy protestamos decidiésemos ayudar a renovar a los partidos y convertirlos en eficaces herramientas al servicio del rescate y avance de nuestra democracia. Del fomento de la vitalidad de Venezuela.

@roca023

Hablemos de inflación y mercado

roberto-casanova Hace días conversaba con un amigo -demócrata cabal y, por tanto, opositor- sobre la llamada Ley de Precios Justos. Me preguntó si no pensaba yo que los márgenes de ganancia en Venezuela eran excesivos. Que, a su juicio, muchos empresarios venden los productos a precios muy superiores a los que les costó producirlos o importarlos. Que esa era la causa de la inflación. Concluía confesándome, preocupado, que no encontraba cómo oponerse a esa ley socialista.

Mi primera respuesta consistió en devolverle otra andanada de preguntas. ¿Y por qué sólo hay inflación en Venezuela (y en un par de países más)? ¿Es que acaso se concentraron aquí todos los especuladores? ¿Tiene sentido que un empresario eleve los precios de sus productos hasta que nadie se los compre? ¿Acaso es lo mismo obtener una ganancia de, digamos 10%, en una economía estable, a obtenerla en una de las economías de mayor riesgo del planeta? ¿Habrá o no una relación entre el alza de todos los precios y el aumento en la cantidad de dinero que circula en la economía? ¿Y no está ocurriendo que la cantidad de dinero crece desmesuradamente porque el Banco Central está financiando al gobierno? ¿Acaso no sabe que ningún país que haya superado la inflación lo ha logrado controlando precios y persiguiendo a empresarios, sino manejando responsablemente su política económica y promoviendo la competencia?

Mi amigo quedó algo aturdido con este interrogatorio.

Este intercambio de preguntas refleja uno de los problemas más importantes que enfrentamos hoy. No contamos con un conjunto mínimo de acuerdos que nos permita salir de la crisis en la que nos ha hundido el socialismo y construir una economía próspera y productiva. Una tarea política ineludible es promover un debate amplio y serio al respecto.

En ese debate yo defenderé a la economía social de mercado como la mejor opción. Esta doctrina -que, a pesar de lo que su nombre sugiere, es más que una propuesta económica- ha demostrado su capacidad para hacer que el progreso económico y la productividad creciente redunden en provecho del consumidor; es decir, del pueblo.

Algunos de los principios que defiende esta doctrina tienen relevancia para nosotros:

1) El precio refleja la valoración que hacen los consumidores de un producto. Es esta valoración lo que hace que estemos dispuestos a pagar los costos en los que se incurrió en la producción de lo que deseamos. Si un producto es muy valorado su precio será alto, independientemente de los costos para producirlo.

2) La función empresarial cumple la tarea de coordinar el proceso económico. La función empresarial (que no es lo mismo que el llamado sector empresarial) la cumple cualquiera que, ante oportunidades de mercado asociadas a cambios en las valoraciones de los consumidores, en la tecnología o en otras cosas, genera productos para obtener alguna ganancia. Ese proceso creador supone articular recursos productivos de diversa naturaleza y competir con otros proveedores. La ganancia es el ingreso que se logra por desempeñar exitosamente esta función de coordinación, realizando un cálculo acertado sobre los precios de productos e insumos.

3) La mejor forma de favorecer al consumidor es mediante la competencia entre empresarios. Una economía basada en la libertad y la competencia logra compatibilizar el interés individual y el interés general, en una forma no igualada por ningún otro tipo de economía. La razón es que, cuando hay competencia, el empresario sólo puede lograr su propio éxito en la medida en que sirve al consumidor. Y ello le impulsa a ser más productivo y a disminuir sus costos y sus precios.

4) La inflación es un fenómeno monetario. La inflación está siempre asociada al crecimiento sostenido de la cantidad de dinero, crecimiento que excede significativamente al de la producción de bienes y servicios. Una de las razones de ese desequilibrio es el uso de los bancos centrales para financiar los déficit gubernamentales. El principal culpable de la inflación venezolana es el Directorio del BCV, el cual viola el artículo 320 de la Constitución, que dice: “En el ejercicio de sus funciones el Banco Central de Venezuela no estará subordinado a directivas del Poder Ejecutivo y no podrá convalidar o financiar políticas fiscales deficitarias”.

Espero que mi amigo halle aquí algunos elementos útiles para continuar nuestro debate particular sobre el tema. Y que algunos políticos se animen a promoverlo en todos los espacios que tengan a su alcance.

Roberto Casanova
@roca023

Gasolina, servidumbre y libertad

roberto-casanova La baja forzosa de precios del mes pasado le ha dado varios buenos frutos al régimen. Influyó en los resultados de las elecciones municipales y le sirvió para avanzar en su estrategia de control y planificación central de la economía. Ahora le permite plantearse el aumento del precio de la gasolina. Confía en que no habrá nada parecido a una protesta popular, pues el saqueo que promovió y administró en diciembre quitó presión a la caldera social.

Es cierto que, al precio actual, Pdvsa incurre en pérdidas produciendo y vendiendo gasolina en el mercado interno. Tal precio es sólo una fracción del costo de producción. El asunto es peor si se considera el costo de oportunidad de la gasolina, es decir, lo que deja de ganar Pdvsa al no vender ese producto al precio que tiene hoy en el mercado mundial. También es verdad, por otra parte, que el gobierno tiene crecientes problemas para mantener su nivel de gasto y que este es el principal foco de inestabilidad de nuestra economía. Todas esas consideraciones son ciertas y deberían bastar para justificar el alza del precio del combustible.

Esa sería, sin embargo, una conclusión correcta sólo desde un punto de vista económico, pero terriblemente equivocada desde una perspectiva más amplia. Hoy, en efecto, están en juego asuntos mucho más graves que las pérdidas de Pdvsa o el financiamiento del déficit fiscal.

El gobierno que pretende ajustar el precio del combustible no es cualquier gobierno. Es uno que nos empuja constantemente hacia un camino de servidumbre, que va tomando control de todo el proceso económico y que no ha tenido problema alguno en despilfarrar centenares de miles de millones de dólares, en endeudarnos en otros miles de millones más, en permitir niveles de corrupción sin parangón histórico, en comprar lealtades de otros gobiernos mediante onerosas alianzas.

Es sabido que los regímenes comunistas politizan todo, especialmente la economía. Sus decisiones tienen que ser comprendidas como parte de un proyecto de poder que aspira al control total. Sin embargo, la economía es terca y pone límites a la desmesura del poder. Así, el régimen venezolano acude ahora a la racionalidad económica que siempre ha subestimado para justificar el incremento del precio de la gasolina. Nos encontramos, entonces, ante la paradójica situación de que quienes siempre hemos argumentado a favor de aquella racionalidad, debemos ahora utilizar razones fundamentalmente políticas para oponernos al incremento en cuestión. Pero no tenemos opción, pues en esos términos se plantea el conflicto.

El gobierno usará, otra vez, la manipulación y el chantaje. Dirá que los recursos que provengan del ajuste del precio de la gasolina serán para el pueblo. Ofrecerá parte de lo que piensa obtener a alcaldes necesitados. Acusará a quienes se le opongan de irracionales y de enemigos de la paz, del bienestar y hasta del medio ambiente. Intentará, sobre todo, acercarse tácticamente a la oposición para que no lo ataque por la decisión y comparta su costo político.

Nuestra respuesta no debe centrarse en la gasolina como tema. Debemos denunciar, más bien, con firmeza y creatividad, cosas como el irresponsable endeudamiento público, la violación del artículo 320 de la Constitución que impide al BCV financiar los déficit gubernamentales, la incoherente política cambiaria, la sistemática succión de recursos por parte del socialismo chulo cubano y de otros gobiernos oportunistas, la enorme corrupción, las expropiaciones y los controles que destruyen los incentivos para invertir en nuestro país.

Para los millones de venezolanos que nos oponemos al comunismo, se trata casi de una cuestión de desobediencia civil. Tenemos que hacer lo necesario para no continuar dando dinero al régimen que destruye nuestro ideal de una sociedad libre, justa y próspera. No podemos olvidar ni por un instante que la servidumbre en una sociedad comunista no llega de un día para otro, sino que es el resultado acumulativo de innumerables decisiones y omisiones. Si consentimos que el gobierno aumente el precio de la gasolina estaremos, en definitiva, suministrando más combustible a la maquinaria totalitaria que amenaza nuestra libertad.

Pero si, a pesar de todo, el régimen logra su cometido deberá pagar, en exclusividad, el mayor costo político posible. La alternativa democrática no puede cargar con ninguna responsabilidad al respecto. Y la incoherencia y la hipocresía del régimen deben quedar en evidencia.

Roberto Casanova
@roca023

La inflación reprimida nazi y el milagro alemán

Los tiempos del dominio nazi sobre Alemania fueron tiempos de desmesura, represión y miedo. La política económica reflejó claramente esos rasgos, sobre todo en los años finales de ese régimen totalitario. Algunos textos de Wilhelm Röpke sintetizan con claridad lo sucedido. Vale la pena citarlos in extenso.

Desde 1933, el nacionalsocialismo alemán ha demostrado que un Gobierno dispuesto a todo es capaz de convertir una inflación abierta en inflación reprimida manteniendo la presión de la inflación sobre precios, salarios, tipos de cambios y cotizaciones de valores mediante una economía coercitiva que lo abarque todo (control de divisas, racionamiento, inmovilización de precios y de salarios, regulación del consumo, fiscalización del capital y de las inversiones…). (…) Pero cuanto más aumenta la inflación tanto más se acentúa la presión, que se trata de compensar mediante la economía coercitiva. Y tanto más amplia y desconsiderada ha de ser también la economía coercitiva para poder detener la creciente presión de la inflación…”[1]

Se trataba de un Gobierno que, urgido de recursos para financiar un enorme y creciente gasto público, promovió una inflación que luego “prohibió”, mediante un sistema de economía de guerra cada vez más estricto. Continúa Röpke:

“A medida que el efecto inflacionista de dinero hace subir precios, costes y tipos de cambio, el cada vez más amplio y elaborado aparato de la economía coercitiva intenta contrarrestar esta subida mediante medidas policíacas. La inflación reprimida se convierte así en un sistema de valores coactivos ficticios, que suele estar inseparablemente unido al usual sistema económico del colectivismo (…) La distorsión de todas las relaciones de valores, la coexistencia de mercados `oficiales´ y `negros´ y el antagonismo entre quienes rigen el mercado y el Estado, que lucha desesperadamente por conservar su autoridad, conducen al fin a una situación caótica, en la que falta prácticamente toda clase de orden (…) El camino de la inflación reprimida termina, pues, en el caos y la paralización”[2].

Luego de la derrota bélica de Alemania no existía consenso, en materia de política económica, acerca de la estrategia para superar el pesado legado del régimen nazi. En esas circunstancias, algunos pensadores (como Alfred Müller ArmackWilhelm Röpke y Walter Eucken, entre otrosy varios políticos (como Konrad Adenauer y, en particular, Ludwig Erhard), promotores de lo que venían llamando como “economía social de mercado”, supieron aprovechar las posiciones que ocupaban para, a partir de 1948, impulsar un programa de reformas económicas.

El problema central a enfrentar era, dicho en breve, una mezcla de inflación y colectivismo. La reforma tuvo dos componentes. Por un lado, crear disciplina en materia monetaria y fiscal. Por el otro, la eliminación del “…aparato de represión (precios máximos, racionamiento y los demás elementos de la economía coactiva), volviendo a la libertad de los mercados…”[3]. En el marco de este segundo componente, se prestó especial atención a promover un ambiente de efectiva competencia, limitando cualquier tendencia a la concentración económica y al surgimiento de monopolios. De este modo, “del caos y del marasmo de la economía planificada inflacionista surgieron las dos columnas de un auténtico orden económico: la fuerza directora e impulsora que radica en los precios libres y la estabilidad del valor del dinero”[4].

La reforma contó con detractores desde su comienzo, incluidos, por cierto, los funcionarios estadounidenses que ejercían la autoridad en determinados ámbitos en la Alemania ocupada. PeroErhard y otros impulsores de la economía social de mercado mantuvieron la confianza en lo que hacían y se dedicaron a convencer a sus compatriotas, con sentido pedagógico y habilidad política, sobre la conveniencia de las medidas adoptadas. Al cabo de pocos años los resultados obtenidos en materia de crecimiento y bienestar fueron tan favorables que el período fue calificado por algunos como el del “milagro alemán”.

Varios autores, sin embargo, sin desmerecer esta notable experiencia, han sostenido que, en realidad, no hubo nada milagroso en lo que ese país logró. Afirman, en tal sentido, que los resultados alcanzados eran los que debían esperarse si eran ejecutadas, con la prudencia necesaria, políticas liberadoras del emprendimiento económico. El propio Erhard afirmó que “Lo que se ha llevado a cabo en Alemania… es todo lo contrario a un milagro. Es tan sólo la consecuencia del esfuerzo honrado de todo un pueblo que, siguiendo principios liberales, ha conquistado la posibilidad de volver a emplear iniciativas humanas, humanas energías”[5].

Es correcto, pues, considerar que la economía social de mercado es, básicamente, economía de sentido común. Tal vez lo que resulte impresionante sea que, luego de largos años de dominio totalitario y en un entorno mundial de creciente estatismo, Alemania Federal hubiese mostrado semejante sindéresis. Esta reforma “…de elección en elección, fue ampliando la base política de la economía de mercado, al principio muy escasa, llegando por último a obligar a los socialistas a admitirla y borrar poco a poco de sus programas los dogmas típicos socialistas de la planificación económica y de la socialización”[6].

La gran lección de la economía social de mercado para la historia ha sido que cambios económicos y sociales profundos y favorables pueden ser logrados si se piensa y actúa con sensatez.

Roberto Casanova
@roca023

Publicado originalmente en Prodavinci
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[1] Röpke, Wilhelm (2007).

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Erhard (1989).

[6] Ibíd.

Las tesis de abril y más allá

Roberto Casanova 1Los dos posibles resultados de las próximas elecciones nos conducen hacia dos futuros muy distintos entre sí. Continuamos pues en un punto de bifurcación. En tal circunstancia debemos evitar que el agudo stress al que estamos sometidos determine nuestras acciones. Las siguientes líneas sólo pretenden ser una contribución a la necesaria reflexión. Se organizan alrededor de seis ideas. Las tres primeras se refieren, fundamentalmente, a la presente coyuntura electoral: 1) Chávez falleció y Maduro no es Chávez; 2) Participar no implica legitimar; 3) El cáncer no se inocula ni contagia pero el pesimismo sí. Las tres siguientes intentan elevar la mirada hacia el mediano plazo: 4) Aunque el chavismo resultase victorioso, el modelo socialista podría haber entrado ya en su fase de decadencia; 5) Una estrategia de desarrollo basada en el emprendimiento y la inclusión social podría generar un “milagro” venezolano; 6) La gobernabilidad en nuestro país sólo es posible si reconstruimos nuestra comunidad política.

1. Chávez falleció y Maduro no es Chávez.

En medio del espectáculo mortuorio de los últimos días pareciera olvidarse lo obvio: Chávez se fue. Y aunque su imagen, su voz, su nombre, serán políticamente instrumentalizados hasta la saciedad y se intentará crear una suerte de religión chavista, lo único cierto es que Chávez ya no está. Su carisma indudable, su estilo zamarro, su capacidad de narrador y cuenta cuentos, su energía y convicción, entre otros atributos, no son transferibles. Tampoco lo es, por tanto, su indiscutible liderazgo. Maduro es una pobre versión del líder revolucionario. No sólo carece de aquellas cualidades sino que se caracteriza por un pensamiento que oscila entre manual marxista y frases de Sai Baba, por un estilo entre aburrido y grosero, por no poseer una épica personal. Su mal desempeño en las semanas recientes, salpicado de graves mentiras, ha erosionado además su credibilidad. Le falta pues lo necesario y le sobra lo inconveniente. Por eso su situación es difícil y su liderazgo, precario. Él lo sabe y el temor que le embarga se exterioriza en ciertos gestos y actitudes.

De nada le servirá la creación de una supuesta dirección colectiva ya que es inherente a los procesos revolucionarios la existencia de un liderazgo personal e incuestionable. Dentro del chavismo existen líneas de fractura que únicamente Chávez, con esfuerzo, supo mantener controladas.

Todo ello no significa, por cierto, que Maduro no pueda ganar las próximas elecciones. Lo que implica, fundamentalmente, es que si resulta triunfador no será por sus condiciones personales sino por el efecto funerario que se hallaría aún en su apogeo. Y eso no es poca cosa.

2. Participar no implica legitimar.

Una de las creencias que aún subsiste en la mente de unos cuantos opositores es que participar en las elecciones, en la manera tan desfavorable e injusta como lo hemos hecho y como lo tendríamos que hacer de nuevo, le otorga necesariamente legitimidad al régimen. Esto es discutible, al menos por dos razones.

La primera razón es que una campaña presidencial es una ventana desde la cual el mundo se asoma a nuestra realidad. En ese sentido, participar en esa contienda política puede ser la mejor y tal vez única oportunidad para denunciar eficazmente, nacional e internacionalmente, lo que aquí sucede. Quizás ello no conduzca al triunfo pero puede dejar, definitivamente, una mancha persistente de dudas sobre el nuevo gobierno y generar dinámicas en este momento impredecibles. Esto, de hecho, es lo que la historia sugiere. Muchas coyunturas electorales marcadas por el abuso de poder, en otras sociedades y en la nuestra, han desencadenado crisis políticas que han conducido a desenlaces inesperados.

La segunda razón que cuestiona la idea de la no participación es que ésta se convierte en un gesto vano si no forma parte de una auténtica estrategia de rebeldía democrática. Si no se participa porque el proceso no es legítimo, el Presidente electo tampoco será legítimo y, por tanto, no deberá ser reconocido. ¿Qué se deriva de tales definiciones políticas? Pues, dicho en breve, que la oposición deberá asumir, de manera sostenida, gestos significativos de desafío ante el poder. ¿Es realista una estrategia así? Honestamente, no lo creo. Y aunque lo fuese durante algún tiempo, ¿cuándo cesaría? ¿Cuando el gobierno cayese? La verdad es que éste pareciera ser un camino sin un destino claro.

Así pues, luce mucho más eficaz, a los efectos de lograr mostrar la ilegitimidad del régimen, participar en las elecciones, desarrollando una inteligente estrategia político– comunicacional para denunciar ante el mundo la violación de nuestros derechos políticos.

3. El cáncer no se inocula ni contagia pero el pesimismo sí.

Uno de los procesos sociales más paradójicos es el que algunos autores han llamado “profecías autocumplidas”. Su lógica es sencilla y hasta obvia, una vez que se piensa en ella. Aún así sus efectos pueden ser muy importantes. Si un grupo de personas se convence a sí misma de que cierto evento ocurrirá, es posible que se conduzca de tal forma que, sin proponérselo, contribuya a que ese evento efectivamente suceda. Cuando eso acontezca, el grupo verá reafirmada su expectativa inicial, sin percatarse de que fue él quien, con su comportamiento, hizo que el futuro esperado se hiciese realidad.

Si unos cuantos opositores, debido a la apabullante estrategia mediática del régimen, a la historia de derrotas recientes, a las condiciones desfavorables o a la razón que sea, nos convencemos de la inutilidad de participar en las próximas elecciones, seguramente no nos movilizaremos. El asunto es que, además, iremos contagiando nuestro pesimismo a otros, como agentes transmisores de la desmovilización. Si ese es el caso, ocurrirá que efectivamente la oposición sufrirá una nueva y significativa derrota. Ante esa eventualidad, muchos dirán que eso era predecible y que, efectivamente, no había nada que hacer. Estaríamos así ante un clásico ejemplo de la profecía autocumplida a la que nos referimos.

La verdad es, sin embargo, que hay razones para pensar que una victoria opositora es posible en las próximas elecciones del 14 de abril. No debemos olvidar que en las elecciones del 7 de octubre pasado los opositores sumamos más de 6 millones y medio de personas y que a pesar del enorme y grotesco abuso de poder, Chávez pudo superar a Capriles en sólo unos 10 puntos porcentuales. ¿Por qué es impensable que los opositores logremos nuevamente aquella cifra? ¿Por qué no tomarla como nuestro “piso” en cuanto a caudal electoral? ¿No podría ocurrir, por otra parte, que un porcentaje de los chavistas no radicales se desmovilice? Maduro no es Chávez, insistimos.

Se trata, por supuesto, de suposiciones. Pero de suposiciones razonables. Y aunque no podamos sustentarlas en datos cuantitativos sí podemos asegurar que un shock de optimismo opositor es factible. El sombrío panorama que algunos perciben hoy podría mejorar radicalmente. Al fin y al cabo una profecía autocumplida también puede hacer realidad futuros deseables.

4. Aunque el chavismo resultase victorioso, el modelo socialista podría haber entrado ya a su fase de decadencia.

El socialismo chavista se encuentra en un momento muy difícil. Puede hallarse, de hecho, al comienzo de su declive. Han coincidido la desaparición de su líder fundamental y la aparición de algunos de sus límites.

Durante varios años el régimen ha intentado dar forma a una sociedad socialista mediante la promoción del conflicto clasista, la creación progresiva de un Estado comunal, la unificación de poderes y su centralización, el control económico y las expropiaciones, la hegemonía comunicacional, la persecución política, la militarización del Estado y la sociedad, la manipulación de la memoria histórica, el culto a la personalidad. Ello ha hecho del modelo chavista algo muy similar a las experiencias comunistas del siglo XX, algunas de las cuales aún persisten.

Por otra parte, sin embargo, una abundante renta petrolera y el uso irrestricto de la deuda pública, le han permitido al régimen sostener un enorme gasto público y un inmenso volumen de importaciones. Lo que se ha creado ha sido entonces una extraña mezcla de comunismo y clientelismo, un modelo con dos caras que confunde a quienes intentan comprenderlo. Si a tal caracterización se le agrega el surgimiento de auténticas mafias, civiles y militares, dentro y alrededor del Estado, el asunto resulta más complejo aún.

Pero todo tiene límites. Ya los ingresos fiscales son insuficientes para seguir financiando el desatinado experimento. Escasez, inflación, desempleo, inseguridad, entre otros graves problemas, aparecen ya como rasgos inseparables del socialismo del siglo XXI. La reciente devaluación es apenas, desgraciadamente, el primer aldabonazo de lo que podría venir. El futuro alcanzó pues al modelo chavista.

De ganar en las próximas elecciones presidenciales, es muy probable que la manera en que el régimen pueda, durante algún tiempo, continuar tercamente imponiendo ese modelo sea mediante dosis crecientes de conflicto clasista, represión política, control económico. Eso, lejos de solucionar los problemas, los agravaría. No es descartable, desde luego, que ante tales tendencias el régimen intente, como lo ha hecho siempre, responsabilizar a otros de las dificultades. Pero la realidad sería finalmente inocultable y sólo un sector fanatizado podría creer indefinidamente en la verdad oficial.

El régimen se halla, en síntesis, en una situación trágica. Si desistiese en la implantación de su modelo, perdería aliados radicales que le resultan imprescindibles. Si persistiese en impulsarlo, se haría crecientemente ilegítimo nacional e internacionalmente. Es difícil imaginar a Maduro al frente de un proceso tan complejo, proceso que el propio Chávez no debió enfrentar.

No es exagerado afirmar que Maduro no sólo ha sido el enterrador de Chávez. De ganar las elecciones, sería también el enterrador de su modelo. La culpa no habrá sido suya, sin embargo, sino de un modelo que, simplemente, no era viable y que, tarde o temprano, habría de frustrar al pueblo. Algo que quizás Chávez íntimamente comprendió.

5. Una estrategia de desarrollo basada en el emprendimiento y la inclusión social podría generar un “milagro” venezolano.

En el escenario de una victoria de los sectores democráticos, Venezuela podría vivir, durante los próximos años, un “milagro” económico y social. No es una exageración. Tampoco es una predicción. Se trata tan sólo de una posibilidad basada en ciertas oportunidades cuyo inteligente aprovechamiento depende únicamente de nosotros.

De actuar con el tino necesario, nuestro país podría enrumbarse hacia un destino de prosperidad y justicia. Nada de lo que hemos vivido hasta el presente tendría comparación con lo que podríamos lograr, un verdadero salto cualitativo y cuantitativo en nuestro desarrollo. En cierta forma, los venezolanos podríamos darnos una segunda oportunidad y, esta vez sí, hacer bien las cosas.

Podríamos desatar potenciales creativos, hoy inhibidos y reprimidos, mediante una estrategia de desarrollo que asuma el emprendimiento como la fuente de la riqueza. Entendiendo que el emprendimiento sólo puede florecer en una economía libre y competitiva, con un Estado centrado en la garantía de los derechos ciudadanos y en la provisión de bienes públicos. En dicha estrategia jugaría un papel esencial, desde luego, la expansión acelerada de nuestra producción energética. Pero en un contexto de estabilidad y orden, muchas otras áreas de nuestra economía podrían recibir también importantes inversiones con su consecuente creación de empleos productivos y bien remunerados. En ese proceso participarían, sin duda, muchos naciones “amigas” del actual régimen.

Si ello se articula con una eficaz estrategia de inclusión social, lograríamos que el mayor crecimiento económico se tradujese en mayor bienestar para la mayoría. Al respecto, los años de revolución bolivariana nos dejan dos lecciones. La primera es el grave error moral y práctico que significó, para la democracia tradicional, no ocuparse de manera efectiva del problema de la pobreza. La segunda es el riesgo de que el apoyo a los sectores pobres conduzca a prácticas clientelares que subordinen a muchos de ellos, como nuevos súbditos, a la élite que ejerza el poder del Estado.

La superación de la pobreza pasa, en realidad, por promover el desarrollo de capacidades de las personas y la creación de oportunidades para que las ejerciten libremente. Los pobres no son pobres porque estén explotados sino porque están excluidos. Así pues, emprendimiento e inclusión sería la clave para avanzar hacia la prosperidad y la justicia. Todo ello dependería, sin embargo, de forma crítica, de la estabilidad política que lográsemos alcanzar.

6. La gobernabilidad en nuestro país sólo es posible si se reconstruimos nuestra comunidad política.

Cuando Bolívar, al final de sus días, pedía la unidad no se refería a la unidad de unos venezolanos para enfrentar a otros venezolanos. Aludía, por el contrario, al cese del espíritu partidista. Cosa que para una época en la cual no existían las organizaciones partidistas, significaba espíritu de facción. Es sorprendente entonces que el régimen chavista haya podido apropiarse discursivamente de esa consigna bolivariana cuando él representa exactamente lo opuesto a lo que el Libertador solicitaba a sus compatriotas.

De cualquier modo, un reto fundamental que los venezolanos tenemos por delante es la reconstrucción de nuestra comunidad política. No es posible que una sociedad prospere, en paz y con justicia, si no existe esa comunidad entre connacionales. Ella es incompatible con el radicalismo de cualquier signo. Y también con el militarismo, desde luego. Por ello, el modelo chavista, en la medida en que, hasta ahora, ha descalificado a sus adversarios, concibiéndolos como enemigos de clase y apátridas que deben ser derrotados y echados para siempre del poder, es incompatible con una democracia genuina.

¿Hasta qué punto ese discurso disolvente de la convivencia ha penetrado el imaginario social? Es difícil saberlo. Pero, ciertamente, la identidad colectiva que el régimen chavista ha promovido entre una parte de los sectores populares es hoy una realidad y podría constituirse, de no ser debidamente considerada en el proceso político, en una amenaza a la integración social.

¿Qué plantea todo esto para nuestra sociedad? Al menos, dos cosas. Primero, que la tensión entre sectores sociales debe ser procesada, si se quiere evitar una indeseable escalada de violencia, por todos quienes ejerzan funciones de liderazgo político, social y económico. Segundo, que la reconstrucción de la comunidad política, independientemente de quién resulte próximamente electo, pasa por el surgimiento de una corriente moderada dentro del chavismo; una corriente que, manteniendo sus ideales, reconozca como interlocutores a los sectores opositores.

Nos atrevemos a afirmar, en tal sentido, que el futuro de la gobernabilidad democrática se definirá, en buena parte, al interior del chavismo. El problema es que los incentivos para que esa corriente moderada emerja son hoy débiles. El miedo a ser tildados de traidores y de convertirse en víctimas de una persecución política implacable, resultan poderosos factores disuasivos para que grupos chavistas se acerquen a grupos opositores.

A pesar de ello, no es descartable que ante el previsible agravamiento de la situación económica y social, las cosas cambien. Nos corresponde entonces a los opositores, en nuestra incansable lucha por nuestros ideales, no perder de vista la tarea de reconstrucción de la comunidad política. Para ello debemos convocar, una y otra vez, al diálogo y al entendimiento. En cualquier espacio a nuestro alcance. Tal vez, en algún momento, ocurra lo que tanto requerimos y algún sector chavista se muestre receptivo. En ese momento, estoy seguro, nuestra democracia comenzará su renacimiento.

Roberto Casanova

@roca023

Una visión de país en 33 tweets

Gro Lo 1º: es falso q los demócratas venezolanos carecemos de una visión de país. Esa visión existe. Una versión, a continuación

Sobre valores

Una sociedad es buena si nos ofrece oportunidades para desarrollar, libre y responsablemente, nuestros proyectos de vida
La justicia es garantizar a cada quien sus derechos humanos. Quitar a unos para dar a otros no es justicia
Lo público no es igual a lo estatal. La responsabilidad social concierne también a personas, organizaciones, empresas
Mercado y democracia no existen en un vacío moral. Dependen cada vez más d valores como fraternidad y responsabilidad
Nuestra historia republicana es la historia de las luchas en contra del abuso de poder y por la libertad y la democracia

Sobre el Estado y el gobierno

El Estado de Derecho se expresa en leyes, pero sólo en leyes justas. Nuestra actual legislación debe ser depurada
Jueces capaces y autónomos son esenciales en una sociedad decente. Concurso limpio y exigente para elegir magistrados
Lo militar es parte del Estado de Derecho. No es igual al militarismo que busca doblegarnos ante el poder
Un gobierno limitado constitucionalmente en sus niveles d gasto y d deuda es menos capturable por intereses particulares
Un buen gobierno impulsa la iniciativa privada y la competencia. Controles y burocracia sólo traen ineficiencia y corrupción
Un “ingreso ciudadano” financiado con recursos públicos nos dará libertad para elegir escuelas, clínicas, fondos d pensiones
Debemos reinventar el gobierno: orientación hacia el ciudadano; medición d gestión; transparencia; participación
El federalismo es buena respuesta ante la complejidad actual: descentralización hacia lo local, integración hacia lo global

Sobre la economía y el desarrollo

El desarrollo es permanente ampliación de nuestra libertad creadora de riqueza, conocimiento y cultura
No hay desarrollo sin emprendimiento ni emprendimiento sin mercados competitivos y propiedad privada
Un monopolio estatal es peor que uno privado. Pequeños y medianos emprendedores son la base de un desarrollo incluyente
Podemos crear nuestro propio “milagro” energético con una estrategia de apertura y de aumento de producción
El petróleo debe servir para superar al petróleo. Debemos promover innovación, diversificación, capacitación
La inflación es siempre exceso de dinero con respecto a la actividad productiva. Autonomía del BCV es necesaria y urgente
Debemos reinventar nuestro territorio. Definir la vocación de desarrollo de cada región. Mudar la capital si es necesario

Sobre lo social y lo comunitario

Trabajo y capital pueden progresar juntos en una economía productiva. No hay entre ellos inevitable conflicto de clases
Los pobres no están explotados sino excluidos. Nuestro problema no es de lucha de clases sino de inclusión social
Inclusión social es, básicamente, educación, salud, seguridad social y oportunidades de inserción en una economía moderna
La educación es eslabón entre inclusión, competitividad y democracia. Necesitamos un acuerdo educativo de largo plazo
El desarrollo supone la organización autónoma de las comunidades. Su estatización es expresión de totalitarismo
Ante la crisis ecológica: asignar derechos de propiedad, internalizar costos ambientales, crear conciencia planetaria

Sobre la política

La comunidad de ciudadanos (el pueblo) es soberana, es quien otorga y quita el mando. Un Presidente es sólo un funcionario
Un buen líder nos ayuda a madurar, a ser más libres y responsables. Por eso, si tiene éxito, un buen líder es prescindible
Una democracia sana tiene un centro, “zona” donde los actores políticos moderados se reconocen y están abiertos al diálogo
Los moderados (chavistas y opositores) debemos detener la espiral de odio promovida por los extremistas (de ambos sectores)
Los que queremos la paz somos mayoría. Debemos desafiar a los señores de la guerra y crear una cultura global de convivencia

Por último, la esperanza: la regresión vivida nos confrontó con lo peor de nosotros. Es tiempo de reinventarnos y evolucionar.

 

Basado en el libro “Bifurcación: entre una visión neocomunista y una visión creadora”.

@roca023

Alfonso Molina LA HORA DE LAS DECISIONES

La nueva editorial venezolana La Hoja del Norte publica su primer libro como contribución al análisis de los dos modelos que hoy intentan definir y conducir el futuro del país. En Bifurcación: entre una visión neocomunista y una visión creadora, el economista Roberto Casanova entrega un ensayo muy bien estructurado —tanto que puede leerse linealmente, a la manera tradicional, o de forma transversal, para comparar dos esquemas en pugna— con la intención de comprender el proyecto que desde hace doce años se nos ha querido imponer desde el Gobierno y, sobre todo, para proponer uno nuevo que no sólo sea alternativo sino también posible. El autor establece cuatro grandes áreas del análisis y comparación de ambos modelos: el Estado, la economía, la sociedad y la política. Es un debate que está a la orden del día. Venezuela se encuentra ante una disyuntiva extremadamente dramática en sus alcances políticos y sociales, acentuada por la inminencia electoral de 2012. Sin embargo no se trata de un “libro político”, según la acepción convencional, sino un texto para comprender lo que tenemos, lo que necesitamos y la manera de fijar un rumbo distinto que nos saque del foso donde nos hundimos.

Prologado por Emeterio Gómez, con interesantes comentarios sobre el capitalismo y la ética, Bifurcación enfrenta una interrogante que atraviesa de manera medular la coyuntura política venezolana: ¿cuál es el proyecto de país que necesitamos? Ante las voces que inexplicablemente aún repiten que las fuerzas democráticas no tienen una propuesta de desarrollo frente al esquema del chavismo, este libro se toma la molestia de demostrar lo contrario. Para ello ofrece herramientas para entender y comparar tanto ese modelo oficialista como el que Casanova define como creador, sustentado en las libertades civiles y el emprendimiento, los derechos humanos y la justicia, el pluralismo político y la inclusión social. De un lado, tenemos lo que el director académico de la asociación civil Liderazgo y Visión ha denominado el Neocomunismo —en vez del triste eufemismo del Socialismo del Siglo XXI— y del otro, una interpretación creadora y avanzada de un país que observa con cansancio el pasado.

La primera parte del libro formula y da respuesta a otra pregunta pertinente: ¿qué papel han jugado tanto la concepción “rentista” que caracterizó la democracia representativa del siglo XX, como la neocomunista que quiere imponer el chavismo en lo que va de siglo XXI? Responde también cómo debe ser la concepción creadora. Si bien está claro que Venezuela no puede volver atrás, tampoco puede aceptar el esquema totalitario que avanza desde 1999. Ambos esquemas representan el pasado y sus fracasos. Habría que establecer un camino distinto.

La segunda parte de Bifurcación profundiza en la visión neocomunista y la identifica como el eje rector de la gestión chavista. Explica los riesgos y amenazas qué acechan detrás del Estado Comunal, de las formas de organización social paralelas, de la eliminación progresiva y sistemática de la propiedad privada y del avance de una economía centralizada. Disecciona, paso a paso, el modelo sustentado en la lucha de clases y en el partido único.  Es cierto que algunas de esas definiciones ya las conocíamos, pero creo que nunca antes se habían sistematizado de forma tan rigurosa y completa. El libro define con precisión el mapa de la proposición del chavismo para Venezuela y América Latina. Ningún intelectual del oficialismo ha logrado articular de manera tan clara y precisa los distintos elementos del Socialismo del Siglo XXI. Tuvo que hacerlo un intelectual del sector democrático.

En la tercera parte, consagrada a la visión creadora, el economista venezolano despliega de forma amplia y rigurosa su propuesta que combina pluralismo democrático, igualdad de oportunidades, libertades económicas, emprendimiento social, desarrollo de ciudadanía y gestión estatal basada en la justicia y la promoción. Un modelo que a primera vista se sustenta en la concepción liberal de la sociedad, pero también introduce elementos diferenciadores, en especial los referidos a la solidaridad entre los individuos y a una visión de cooperación social.

Si se asume una lectura transversal de Bifurcación, el lector encuentra que la visión creadora responde punto por punto a la visión neocomunista. Frente a la planificación centralizada ofrece la economía del emprendimiento; ante la hegemonía socialista opone el pluralismo democrático; a la idea de la justicia social propone la justicia a secas, sin adjetivos; a la “democracia popular” plantea la democracia moderna. Esta propuesta comparativa constituye un valor específico del libro. Sin embargo, la visión creadora no es una mera respuesta al neocomunismo. Conforma una concepción proactiva, independiente, no atada a la cotidianidad de la política.

La esencia conceptual del libro trasciende las fronteras de la lucha cotidiana entre el chavismo y la oposición venezolana. Sostiene Casanova que hoy el conflicto se halla entre los extremistas y los moderados, tanto en los seguidores de Hugo Chávez como en las fuerzas que lo adversan. Plantea que entre los primeros y los últimos hay sectores extremistas, no comprometidos con la democracia. Lo inverso sucede con los moderados en uno y otro bando, que desean la profundización de esa democracia. Muchos seguidores moderados de Chávez pueden compartir con los sectores moderados de la oposición la visión creadora que propone el texto.

Hay que aclarar que Bifurcación es resultado de un proyecto que lleva años ejecutándose en la asociación civil Liderazgo y Visión. Bajo el nombre global de Socioscopio ha identificado y documentado las distintas visiones del país que se han creado en Venezuela desde el siglo XIX.

BIFURCACIÓN. Entre una visión neocomunista y una visión creadora, de Roberto Casanova. Editorial La Hoja del Norte, Caracas, 2011.