He dedicado un par de horas a prestar atención al discurso presidencial sobre los 11 años de la llamada revolución bolivariana. Se que duró algo más que eso, pero tengo la certeza que no perdí mayor cosa. De hecho, como aún tengo la potestad de dormitar mientras el jefe habla – supongo que eso será así hasta que el Directv de Carreño conjure esta válvula – cuando volvía en mí, notaba que no había perdido el hilo de su peculiar narración. Es como los culebrones de la televisión, puedes dejar de verla un par de semanas que cuando regreses la “agarras” en tan sólo diez minutos.
Pues bien, no escuché nada nuevo. Hace mucho tiempo que en un acto protocolar ello no sucede. En eso tiene razón el nuevo eslogan gubernamental en eso de que “lo extraordinario se hace cotidiano”. Sin embargo, no hay que ser mezquinos, entre situación y cuestión hubo al menos un par de cosas que llamaron la atención de este soñoliento observador.

La primera tiene que ver con las caras, y mucho más importante la “atmósfera” que embargaba la situación. No voy a decir que los rostros se veían aburridos, porque eso no era lo que trasmitían. Las caras no se veían cansadas, mas lo que parece estar cansando es esa sempiterna imagen de acto político que alberga siempre los mismos rostros. Nadie nuevo, nada nuevo. El mismo discurso, los mismos culpables, la oligarquía y el imperio; nuevamente Bolívar y con él la oligarquía y el imperio; otra vez Zamora con algo de Guzmán y Falcón, y como siempre, la malvada oligarquía; Cipriano Castro, el inefable imperio; Betancourt-Petróleo-Punto Fijo, adivinen quién. ¿Saben quien parece que faltó? El niño. Si es tan importante debió haber estado presente. Quizá dormité en el momento que lo nombró, pero si fue así no insistió más. Es decir, no está en su mente o el guión, es igual.
Así como no había señales de aburrimiento en los asistentes, pareciera que el hastío o al menos la impaciencia comienza a tomar cuerpo del otro lado de las cámaras. Sin embargo, el estado de atención que mostraba la galería no era de quien exuda optimismo y alegría. Para lograr un flash de esto último hubo que deslizar la musicalidad de Alí Primera y alentar la “participación protagónica” de quienes siguen destinados nada más que a oír. Pero el optimismo es más complejo y no llega sólo coreando versos o consignas. El optimismo perdido que inundaba el “Teresa”, parecía una muestra de la situación actual. Reclama nuevos hechos, nuevos argumentos que cuando tropiezan con la apátrida realidad, no parecen ir más allá de ínfulas.
Ha cogido mucha fuerza lo del ponche, la revuelta, la agitación, la vaina mala, pues. Y esto es así, porque los hechos son tercos y tienen la mala costumbre de hablar por sí mismos. Si le hubiesen dicho “`tas ponchao” en octubre pasado, cuando arrancó el béisbol, la frase no coge calle. Más bien recordemos que por esa fecha, el trío económico (Giordani-Rodríguez-Merentes) por segunda vez en menos de un año, salía en cadena para decirnos a mandíbula batiente que los analistas económicos de oposición se habían quedado con los “crespos hechos” esperando el anuncio de unas medidas de carácter neoliberal que nunca llegarían. Ya sabemos lo que pasó con sus medidas y lo que ha pasado con las que recientemente han tomado. Allí la raíz del otrora optimismo trastocado hoy en ensordecedora cautela, el anuncio sobre la llegada del legendario Ramiro Valdés no es signo de otra cosa que angustia y necesidad de control.
¿Pero entonces, se preguntarán, cómo se trató el tema? He aquí la segunda cuestión de mi interés: La renovación del optimismo se intentó recobrar nada más y nada menos que con pasado. Sí señor, un repaso al listado de los “logros” de la revolución fue el sustento de lo que en teoría debería haber sido el inicio de la “década de oro” del país, según lo dicho diez años atrás por el propio presidente. Con sólo nombrarlos se piensa que ya se superaron los déficit de Barrio Adentro, la escasez de Mercal, la invisibilidad práctica del satélite Bolívar o los problemas de la nueva y endeudada PDVSA. Algo así como decir que en Venezuela está resuelto el problema de atención de los viejitos porque existe el INAGER.
Y pensar que las cifras de los fulanos logros que se atribuyen a los organismos internacionales son los que reporta el propio gobierno, quien a su vez mantiene como política informativa la no información sobre los detalles físicos y presupuestarios de su ejecución. En fin, palabrillas de aliento suficientes como para que la multitud se levante y aplauda antes de abordar el metro y comprobar que el umpire – pueblo elector – sigue en la misma postura que cuando ingresaron a la cápsula antigravedad en la que vive la nueva élite política: Cantando el tercero.
Felipe Benites Campos
Tags: 11, Desesperanza, Economía, Fracaso, Gobierno, Hastío, Inviabilidad, Pérdida
Esta entrada fue escrita
el Miércoles, Febrero 3rd, 2010 a las 12:41 y esta archivada en la categoría Opinión.
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