“…No pierdas ese vaivén,
al paso camina al paso
que al paso que tú vas bien…”
Azul que del azul del cielo emanas
¡Ay Cruz Salmerón! Este país tan ingrato, y tú y tu poesía tan bella. Pues azul era la cosa y contigo en la cabeza inicié mi recorrido. Una vez más la autopista, el fenómeno masa, la breve recuperación de la calle, el espejismo de una sociedad que camina, la misma sociedad que a fuerza de buhoneros, malandros y falta de luz, se nos desdibuja a diario. ¿Cómo no vamos a salir con cara de “quítame esta paja” a caminar lo que nos fue arrebatado? Por nosotros mismos, para más señas.
Pensé en mi mamá que salía del gastroenterólogo, pero no hubo punción estomacal que impidiera su asistencia al cierre. La primera parte la hice medio asustada gracias a los giros y maromas de un grupo de motorizados enfundados en franelas rojas, que bien podrían buscar empleo en alguna de las plazas de los circos, círculos concéntricos, caballitos, aceleradores durísimos y gritos al mejor estilo de Emiliano Zapata –con el perdón de mi General-.
Bien, con los pulmones atiborrados de bastante monóxido, arranqué a caminar primero con un grupo de chicas bellísimas, con carteles de tres partidos: COPEI, Primero Justicia y Un solo pueblo. Ninguna pertenecía a alguno. Ni siquiera estaban seguras de qué era el último o si el primero seguía existiendo. De los justicieros sí que saben y es que las tres son aspirantes a esposas de alguno de ellos, “tipo Henrique o Leopoldo, ¿sabes?, ¡es que son tan bellos! Por ellos sí hago política, pero o sea, de esta de salir y marchar y tal, más nada, yo no quiero ser una gritona como Liliana, ¿sabes?”.
Dos detalles: todas las consignas fueron a favor de algo, por los 26 millones, por Venezuela, por la democracia, etc. Y, se respiraba alegría, no se si triunfo, pero estoy segura que entre los caminantes hubo transitividad de causas, aunque quien estuviese a mi lado no supiera mis razones, lo importante es que estábamos allí y caminamos.
No había forma de llegar a tarima. Gente en las laderas del Guaire ¿ah? Gente tomando fotos, cargando banderas, y estandartes y afiches, y un número, 26, por 26, para 26. ¿Sabían que se editó una versión de Bohemian Rapsody con letra pro Rosales? ¿ah?
Rojo, ¡échale candela pa’ los pies!
Y sí, aquí era una cosa más merenguera, reguetonera, salsera. Yo jurando que era otra marcha, y fue como dos horas después de andar del timbo al tambo que me explicaron que no, que era una concentración, que debía “buscar a los míos y concentrarme”. ¿Quiénes son los míos? ¡Por Dios, ¿quiénes? Acaso no son míos todos, como yo de ellos. Pues no, al menos de eso quedé convencida tras rebotar de Llaguno y ser enviada sin aspavientos a la Lecuna, porque ahí estaban concentrados los profesionales clase media. Encono. Una rabia a ratos solapada y de repente muy explícita. La apología de lo chabacano, mucho sol bañando carmesíes iguales, sin matices, parejos.
De todas las pancartas una me atrajo a metros de distancia. Circular, una suerte de diana. En su halo externo se leía Círculo Bolivariano, en el anillo siguiente Unidad de Batalla Electoral, y la aureola más chiquita, la más pegadita a la cara del candidato se leía “Todo el poder para el pueblo”. Evidencia tal vez de todos los ensayos que en materia de organización política hemos ido viviendo en estos 8 años. Mañana puede sumarse el nombre de un Nude, o de un consejo comunal, cada vez menos cercano a la militancia partidista, cada vez más cerca del Estado, del otro Estado, del Para- Estado, hasta hacernos el Estado. El Estado soy yo.
Dos detalles: todos, absolutamente todos los carteles portaban o la cara del candidato, o, el nombre del estado, entidad, agrupación, gremio, congregación o cofradía. Y, la gente no se movía, la gente estaba concentrada.
¡Me cayó la locha! Los partidarios, lo eran en tanto parte de un grupo que los identifica, por eso la concentración. Quiero decir que, la asistencia no era personalísima, no individual sino colectiva. Eres en tanto parte de. Por eso, a quienes caminaban como yo, los más organizados, estaban llamados a reubicar en su segmento. Estatización del apoyo, que no sentido de pertenencia.
Amarillo es lo que luce
La mamá de una gran amiga dice que si cualquiera de los candidatos pierde por un voto, que le echen la culpa a ella, porque ni loca va a votar. Mi tía favorita no quiere “que le roben su opinión”. ¡A estas alturas del partido hay un gentío desmovilizado, dudando la pertinencia de su asistencia el domingo! Y me asusta y me duele.
No hay encuesta, bola, rumor, duda que pueda sobreponerse al ejercicio de la democracia, menos aún, cuando ésta, la nuestra, ha recibido tanta pescozada en años recientes. Hay que moverse. Grandes procesos colectivos, insisto, cristalizan cuando se suman voluntades, cuando nos movemos hacia su realización. No hay reclamos. La participación es y debe ser una invitación abierta, permanente, articuladora de nuestras esperanzas, estén pintadas del color que sea, pertenezcan a cualquier mirada del país, del futuro.
Lloré en ambas entonaciones del himno nacional –aunque mi versión favorita siga siendo la del Orfeón Universitario de los 70’s- no puedo evitar cuando un colectivo entona esas notas –esas con las que se arrullan nuestros niños- que se me paren los pelos y se me mueva el alma. ¿Será que puede el vil egoísmo temblar de pavor? ¿será que seguimos el ejemplo que el votante dio?
¡Al paso camina al paso! ¡no pierdas ese vaivén! ¡al paso tu voto al paso, que al voto que tú des bien!