
Atiende aquí, atiende allá
- Bruja, ¿puedes asomarte que me dijeron que hay azúcar en Los Campitos?
- Y será que tú puedes llamar a Victoria a ver si por allá hay huevos, que no conseguí este fin de semana.
- Ah, mira, dice Coralia que compró una caja de Mazeite, salimos de a dos por cabeza, ¿pago los tuyos o tú vas mañana?
- ¡Sí, por favor! Y aprovecha de decirle a Andrea que de la leche que me pidió no hay.
- Yo también se la he buscado y nada, Camprolac 1+ ¿no? ¡Qué nombre!
- Si tuvieses dos nenas tan chiquitas a ver si te importaba el nombre, ¡está preocupada!
- ¿Viste a cuánto está el kilo de tomate?
- Ujum, por cierto que, arreglando la alacena conseguí un paquete de lentejas.
- ¡Niña! ¡Qué milagro!
- No qué va, si estaban tan abajo y atrás que les cayeron gorgojitos.
- ¡Ay, qué lástima!
- ¿Los gorgojos o este país?
Para el estupor de unos cuantos y la resignación de muchos más, en éstas estamos. La cesta básica se ha convertido en un rompecabezas, una charada de postas críticas, un rally en el que perseguimos lo que regularmente encontrábamos en el local de nuestra preferencia. Pero ya no. Esto es un concurso de costo de oportunidad, de pánico ante el fenómeno de la escasez y poca estrategia presupuestaria.
No importa cuánto se invierta en una reconversión monetaria, cualquiera entiende que en un mercado social con semejante conducta, el costo de las cosas se encarece, se envilece y los reales no alcanzan. Ni alcanza la paciencia, ni son suficientes unas clases de entrenamiento con Carlos Coste para concentrarse en la calma y no escupir la pantalla del televisor cuando muestra a unos voceros jurando que desabastecimiento no hay, que debemos informarnos mejor, que son matrices de opinión desestabilizadoras -¡bendito sea el día que les enseñaron el término!-.
No dejes de atender
Pepita es una tía abuela del poeta. Encima porta las secuelas de la guerra civil española, su arribada a América, su sorteo entre Argentina y Venezuela donde tiene su familia repartida, una panadería que echó adelante, un hijo que perdió, un esposo noble que también levó anclas al cielo, una operación a corazón abierto, la piel nívea y unas manos bellísimas.
Partisana, porque a estas alturas del partido ni es española, ni argentina ni venezolana, o más bien es una digna mezcolanza de todo. Pero cualquiera sea el ángulo desde el que la abordes, te relames con su dulzura, con esa voz aguda y ronca, menuda, y una sonrisa que pasa a configurarle el rictus general del rostro, de toda ella.
Me narró entre otras cosas cómo comenzó a cocinar a los 6 años de edad. Cómo ante la contingencia de su madre recién parida, asumió la responsabilidad de alimentar a sus otros hermanos con la ayuda poco calificada de su papá. Una empanada y una rosca con frutillas para celebrar la pascua, quizás la argamasa de ese día fue la premonición de lo que haría en adelante.
Cuando alguien que ha superado la miseria de la guerra, el horror de la dictadura, el dolor de tantas perdidas, te dice que la escasez no existe, sólo queda guardar silencio y asentir. La Tía Pepita aprendió en las condiciones más hostiles a apreciar lo que sí hay, que faltan granos, entonces se comen vegetales; que no hay carnes, pues se comen granos; que somos muchos y hay poco, pues se reparte y eso es incontable.
Cuando se marchaba, nosotros veníamos salados de la playa justo a tiempo. Sé que no le molestaron los vestigios de arena en esos abrazos agradecidos por la sabiduría de sus palabras, de su biografía, por la calidez de su compañía, de su risa que es generosa y eso es incontable.
Atendiéndonos
Un señor maravilloso, de yo no sé cuántos años, que hace de todo y todo con sus manos: acupuntura, globomagia, y hasta rascado de cabeza mientras te echa un cuento. Tío Toto es el responsable de estabilizarnos entre agujas y palabras, cuando el cuerpo se pone necio. Lo conocí por mi hermana y es natural que tras saludarlo te enamores de su condición de abuelito de cuento infantil.
En mi visita más reciente me hablaba de la necesidad de alimentar el espíritu más que el cuerpo. Para él, cuando los días están así de turbios, la claridad sólo se haya introspectivamente, y por eso hay que llenar el espíritu con lo que amamos. Reunirnos con nuestras familias, con nuestros amigos, con la gente que nos gusta estar. Leer libros que nos emocionen, que nos animen, para algunos es la ciencia ficción y para otros será la poesía. Ver películas que demanden menos preocupaciones y nos obsequien durante el tiempo que duren, más sonrisas que pesares. Regar las matas y disfrutar su aroma, pintar con creyones, resolver un pasatiempo, fundirse con la música que es un regalo permanente.
Porque para Tío Toto, la ruta hacia la vida que uno quiere se inicia en el propio compromiso de hacérnosla, de procurarla, que los anhelos no sirven de mucho si somos pichirres en nuestras acciones cotidianas por conquistar lo que nos gusta; que la única escasez no disculpable será aquella evidente en nuestra capacidad de ser generosos con nuestro mundo interior.
A ti, dándonos
Han sido dos semanas hermosas al margen del dolor corporal. Entendiendo mejor la lógica de ensamblaje muscular y óseo, el valor del esfuerzo con tal de volver a sentirme útil, plena, completa pues. Entendiendo en lo cotidiano por qué amarse es amar y viceversa. No hay forma de aplacar mis rabietas por esta persecución alimenticia, pero tampoco hay forma de aquietar mi agradecimiento a quienes hacen de mis días el mejor centro de abastecimiento vivencial.
nsoto@liderazgoyvision.org