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Confieso que a mi la cocina, para cocinar, me gusta con la menor cantidad de gente posible. Para todo lo demás ¡entren que caben cien! Y es que dudo que exista un espacio tan intimista y sabroso como una cocina para echarnos cuentos y ponernos al día sobre la vida. No importa que dejes los sesos en una sala acogedora y bien decorada, la cocina es el mejor confesionario por excelencia.

A mi la cocina me huele a femenino. No queridas, no es discriminación de género, ni es un revés de mi feminismo consecuente, es que la cocina es un maderamen de aromas y colores y texturas, es una zambumbia permanente así sea para montar un arroz ¿a poco no hay que remover unas cuantas ollas para llegar hasta esa, la que usamos exclusivamente para que esos granos crezcan al calor del agua, con un ajo machacado y unos trocitos de ají dulce para alegrarle la fragancia?

Pero bueno, la necia en número de guisanderos soy yo. En la cocina donde me colé, tres hermosas mujeres, de edades no calculables –nadie me saca de la cabeza que nosotras entramos en ciclos donde no cumplimos años-semblantes, simplemente los acumulamos, y un día de repente nos saltan encima todos de una vez-; pero bueno, hablaba de las mujeres, de aquellas tres, que generosamente me hicieron un espacio en el mesón, porque, si quería hablar con ellas, tendría que cocinar a su par.

Me correspondió el crucial aliño, mucho ajo –que dice mi mamá hace crecer las uñas sanas y fuertes, yo creo que siempre fue una excusa para no quedarse ella con el olor por el resto de la tarde-, cebollas blancas y moradas, pimentones –que están carísimos- apio españa y cebollín.

Las llamaré Roja, Verde y Perita.

Roja es la hermana perdida de San Nicolás, y es que también viene de tierras frías, Mucubají para ser exactas, de donde salió hace ya 45 años y a donde ni loca regresaría en su retiro, pues cree que por tanta timidez fue que se quedó solterona, que por culpa de ese páramo que le enfrío el corazón temprano, se quedó “pa’ siempre” consolándose con las historias, cada vez peores, de nuestra producción de dramáticos televisivos. Roja es roja. A Roja le gusta Chávez. De tanto que le brillaron los ojos cuando habló de él, pensé que le gustaba en otras lides, y de zoqueta voy y se lo digo, y ella que me regaña con un cucharón gigante en la mano, prohibiéndome que le falte el respeto al señor Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. No se diga más. “Al Presidente no le hace falta trampa para ganar. Nos tiene a nosotros, a los que lo entendemos, a los que le creemos y estamos con él. Y digo con él. Hay tanta gente censurable dizque apoyándole. Pero también estamos los que como yo, queremos que siga, que lo intente un poco más, ¿es eso malo?”.

Verde –créanme que llamarle así es una concesión, pues Verde proviene de una familia muy católica, de las que celebran onomásticos, nació un 5 de enero y vean ustedes en el santoral lo que le correspondió- tampoco se casó, pero ha convivido amancebada los más recientes 34 años con Benavides. Y ella cree que Benavides y el presidente tienen mucho en común. Y todas las que le ha soportado a su consorte ¡ni de broma se las toleraría a alguien más! “Es que se parecen tanto: peleones, contestones, habladores de más, fastidiosos, tercos, o es lo que ellos dicen o que no sea, no cambian un bombillo pero le exigen a los demás que lo hagan. La plata de la casa no está completa y sale y le presta a los amigos, a los amigotes, ¡claro, y después soy yo la que tiene que dejar el fastidio! ¡Hijos de los que de broma sabe el nombre, pero de todo su equipo de softball se sabe hasta cuánto calzan! Primero él y después los demás, para darle cuentas, para explicarle cosas y él ¿cuándo explica él?”. Perita, Roja y yo la veíamos de soslayo, no fuese cosa que la sacáramos en mal momento del trance, y entonces se estropeara este desdoblamiento electoral-marital. “Por eso no voto por él ¡pero es que ni loca! Ese señor es igualito a Benavides, y te digo más mi niña ¡este país está llenito de Benavides y de Chávez! ¡por eso es que sigue allí! ¡es que se parecen tanto los condenados! ¡en cada venezolano hay un Benavides y un Chávez también! ¡No que va! ¡esa vaina no me pasa dos veces!”.

Sólo quedaba Perita, me preguntó con quiénes estaba, qué hacíamos, cómo fuimos a dar ahí, me escrutó de arriba abajo mientras le respondía, y presumo que habiendo acumulado los datos necesarios, se soltó a hablar… “Mira Caqui –Naky, corregí yo- ajá, ¿cómo es que es? –Naky- ¿por qué será que ahora les ponen esos nombres tan raros? –yo no lo decidí, fue un invento de mis padres-. Es bueno que me lo digas, porque a eso me suenan a mi todas estas cosas de elecciones y entrevistas y preguntas. Son inventos ¡puro invento! Y el país ahí o aquí, tú sabes, cayéndose en unos sitios, parapetándose en otros, unos que sí, otros que no, Roja soltera a pesar de hacer la mejor mermelada de rosas de todo el planeta y Verde quejándose de un Benavides sin el que no sabría vivir. Yo no me quejo mi niña. Yo voy viviendo ¿qué más pues? ¿Quién va a darme de comer, a mi, a mis hijos? ¿Quién va a comprar el Niño Jesús? ¿Chávez? ¿Rosales? ¡No chica! ¡Y que no habrá país después! Que vaya alguien a decirle a Hernán –su hijo de 9 años- que no habrá país pa’l 25, pa’ que tú veas un berrinche bueno de verdad. Mientras haya mujeres y madres, mientras haya hijos, niños, habrá país. Cuando me ponga los lentes para ver las caritas de la pantalla esa en la que se vota ahora, entonces pensaré con quién compartiré el futuro de Hernán y su bicicleta”.

Entendí que esta tríada se movía al son de sus calderos, que tienen años entre brasas comunes, y por eso ni se piden permisos ni se hacen señas, hay una coordinación tácita en sus movimientos, los de remoción de alimentos y los de caderas a lo largo del espacio. Me sentí agradecida con la vida y la genética, pues son estos espacios –y algunos otros ¡vamos!- los que me recuerdan la maravilla de la comunión en femenino. Sigo sin descubrir tendencias electorales, pero como voy gozando saberme venezolana, entenderme mujer.

 

Eleonora: de tú a tú.

Tiene poco tiempo en el cargo de conserje. Y es que ocuparse de una residencia con 17 pisos, áreas comunes, dos estacionamientos y una partida de bárbaros como vecinos, no es cosa fácil. Viene de El Paraíso, en el edificio donde trabajaba vivió 15 años –“que no son días mija”- y allí vio crecer a sus chamos en medio de todas las reyertas que el Pedagógico y los liceístas de la zona le propinaban al menos un par de veces a la semana. Yo creo que extraña esos días…

“Ya no es igual. Antes los muchachos tenían criterio”. Se me dibujó una sonrisa por pensar que alguien pudiese extrañar las trifulcas de la Av. Páez, y ella con cara de quien describe a un bebe recién nacido dijo: “Esos muchachos de antes lanzaban botellas, es verdad; quemaban cauchos también y hasta se metían con los transportistas, y había mucho tráfico, pero no eran ladrones, ni violadores, ni cargaban pistolas. Eso se convirtió como en el oeste, pero el de esos de las películas. ¿Tú has visto?”.

Me miró cerquísima y agregó: “Te tuteo porque es muy incómodo hablar de estas cosas tratándote de usted, y además yo soy más vieja que tú ¿verdad?”. Sonreí y le piqué el ojo. “Bueno, eso, que ya no es igual. Y si es verdad que el futuro son los jóvenes –con cara de clandestinidad completó- este país, futuro lo que se dice futuro ¡no tiene!”
¿Por quién vas a votar tú? “Voy a votar por el Presidente. Ese es un hombre como los de antes, ese sí es un hombre, y es bueno y correcto. Yo se que hay gente que no lo quiere ¿pero a quién conoces tú que le cae bien a todo el mundo? Eso es muy difícil ¿verdad? Y bueno, una tiene su corazoncito ¿verdad?”. Una carcajada sabrosa cerró la confesión: “El mío es rojo rojito como dicen por ahí. ¿Y tú? Ujum, tú tienes cara de que eres atrevida”. Por tercera vez le sonreí, cerré ambos párpados con fuerza y le agradecí la cháchara.

Orlando: ¡fruuuuutas, ¿quién quiere comprarme frutas?!

Llega todos los sábados tempranito en la mañana. Le fascinan los días soleados y coincidimos en que los mejores en Caracas son los decembrinos, con esos cielos abiertos y un frío leve que se convierte en caricia. Orlando tiene su propio cultivo en los altos mirandinos. No cree en las nuevas cooperativas, porque lleva 20 y pico de años trabajando con ese sistema en su comunidad y jamás necesitaron que alguien viniese a disputarles –o imponerles- acuerdos. No hay titiaros como los de este señor, ni mangos de hilacha tan apetitosos, y aunque los hubiera es a él a quien me gusta comprarle, allí en el camión, oliendo sin fronteras cilantro, con perejil, mandarinas, melones, guayabas, patillas y parchitas, todo junto para mi.

“¿Quién es la periodista, tu hermana o tú?” Eso que importa, ¿tu respuesta variaría por eso? “No, las dos son mis clientas, ¿probaste las ciruelas?” ¡Ah pues Orlando! Si no quieres hablar del tema, solo dímelo. “Está bien, qué fastidio, ya no me gusta hablar de política. Me da miedo. Uno no sabe a quién le dice qué. Y si dices algo a favor de uno y la cliente es de otro, entonces se arrecha, te voltea los ojos y no te compra nunca más. Ya no me gusta la política”. ¿Te gustaba antes? “¡Claro! Yo me acuerdo clarito de la campaña de Diego Arrias, eso sí fue bueno. O al pobre Renny, que lo mataron vale. O las romerías adecas, eso era un bochinche fino. Antes era celebración, y así ganara el otro tú igualito celebrabas, porque lo importante era la alegría”. Su risa se apagó tan rápido como se había encendido. “Yo creo que Chávez, por eso de que fue militar, nunca celebró nada. Solo batallas, que es lo único pa’ lo que vive. Pa’ pelear, pa’ molestarse con cualquiera. Ese señor no celebra nada, solo regaña”. ¿Y entonces Orlando, qué va a pasar el 3 de diciembre contigo? “Yo no se. Yo iba para las romerías, pero yo no era adeco, solo venezolano. Este candidato es un adeco de aquellos de antes. A lo mejor, si me animo y no hay problemas, salgo a votar, no estoy muy entusiasma’o, y como nunca cambié esa cosa, sigo votando en Carapita donde me inscribí jovencito, y por allá las cosas no andan muy bien”.

Le pedí su promesa de ir a votar. De no quedarse en casa. Me regaló un tomate enorme, que bien podría ser la envidia de muchas manzanas, eso me encanta de él, jamás me voy sin una ñapa. Ojala el 3D sea igual.

Silvia: ¡pásame el pote de laca!

Todo el día así. Parada. Por eso invierte un montón de dinero en pastillas contra las várices, toma mucha agua y cuando puede, se sienta. Es una cuarentona morena espectacular, que desde los 14 años –edad en la que abandonó el liceo- está aprendiendo el oficio de la peluquería. Al sol de hoy es estilista, como lo certifican tres docenas de diplomas que exhibe en cada rincón de su atelier. Ella huele a champú y enjuague, a tintes, agua oxigenada, a ampollas de placenta de ovejo y desriz de barro. Con maestría deja cual seda a los chicharrones más osados de Caracas, por eso creo yo, agradece cuando los pelos son más lisos y le demandan menos pulso.

“Yo el 3 de diciembre me despierto bien temprano. Cuelo mi café, lo meto en mi termo, lleno mi botellita de agua, me pongo protector solar, zapatos de goma, agarro mi banquito Coleman, y de subida compro el periódico y allí me voy a instalar. Lo del Referéndum no vuelve a pasarme ¡no mi amor! Yo llegué a mi casa que parecía un forro de urna, negriiiiiita. ¡No que va! Esta vez me voy preparada a pasar el día allí si es necesario”. ¿Quién crees tú que va a ganar? “Chávez ¿quién más?”. ¿Tú vas a votar por él? “Eso que importa, igualito va a ganar. Él va a ganar hasta que quiera, hasta que le de la gana ¿no crees tú?”. ¿Cómo lo voy a saber? “Pero si tú lees más que yo, tú tienes que saberlo ¿O es que en la universidad no te enseñaron a analizar? Yo veo las encuestas, veo la televisión, leo el periódico, oigo radio, paso el día en eso, y hablo con mis clientas, como contigo, y ese señor va a ganar, yo que te lo digo”. Pero no me has respondido por quién vas a votar tú. “Y tú tampoco me has dicho como lo quieres ¿puntas arriba o metiditas?”. Está bien Silvia, no me digas pues. “Dime tú primero”. Ven para decírtelo al oído –obviamente el soplido le dio cosquillas y se río-. “Por ese también voto yo. Yo lo que quiero es que la cosa vuelva a ser como antes ¿tú te acuerdas? Nadie andaba nervioso ni preocupado así, creyendo que en cualquier momento pasa algo, que si un golpe de estado, que si unos tiros aquí y los muertos allá. Antes éramos como más felices ¿no crees tú?”.

Yo quiero un país ahora. Aunque recuerde como era antes. Una nación se construye con base en su futuro, con lo que queremos, con lo que añoramos, con nuestras procuras y nuestras decisiones cotidianas. Pequeñas decisiones individuales generan grandes cambios colectivos ¿cómo es que gastamos tanto tiempo en añoranzas? ¿por qué carrizo no invertimos lo propio en imaginarnos el país que podemos ser? De tres, tres. Como antes, los de antes. Seguiré preguntando… ¡se buscan soñadores! ¿Quién se suma?