Eleonora: de tú a tú.
Tiene poco tiempo en el cargo de conserje. Y es que ocuparse de una residencia con 17 pisos, áreas comunes, dos estacionamientos y una partida de bárbaros como vecinos, no es cosa fácil. Viene de El Paraíso, en el edificio donde trabajaba vivió 15 años –“que no son días mija”- y allí vio crecer a sus chamos en medio de todas las reyertas que el Pedagógico y los liceístas de la zona le propinaban al menos un par de veces a la semana. Yo creo que extraña esos días…
“Ya no es igual. Antes los muchachos tenían criterio”. Se me dibujó una sonrisa por pensar que alguien pudiese extrañar las trifulcas de la Av. Páez, y ella con cara de quien describe a un bebe recién nacido dijo: “Esos muchachos de antes lanzaban botellas, es verdad; quemaban cauchos también y hasta se metían con los transportistas, y había mucho tráfico, pero no eran ladrones, ni violadores, ni cargaban pistolas. Eso se convirtió como en el oeste, pero el de esos de las películas. ¿Tú has visto?”.
Me miró cerquísima y agregó: “Te tuteo porque es muy incómodo hablar de estas cosas tratándote de usted, y además yo soy más vieja que tú ¿verdad?”. Sonreí y le piqué el ojo. “Bueno, eso, que ya no es igual. Y si es verdad que el futuro son los jóvenes –con cara de clandestinidad completó- este país, futuro lo que se dice futuro ¡no tiene!”
¿Por quién vas a votar tú? “Voy a votar por el Presidente. Ese es un hombre como los de antes, ese sí es un hombre, y es bueno y correcto. Yo se que hay gente que no lo quiere ¿pero a quién conoces tú que le cae bien a todo el mundo? Eso es muy difícil ¿verdad? Y bueno, una tiene su corazoncito ¿verdad?”. Una carcajada sabrosa cerró la confesión: “El mío es rojo rojito como dicen por ahí. ¿Y tú? Ujum, tú tienes cara de que eres atrevida”. Por tercera vez le sonreí, cerré ambos párpados con fuerza y le agradecí la cháchara.
Orlando: ¡fruuuuutas, ¿quién quiere comprarme frutas?!
Llega todos los sábados tempranito en la mañana. Le fascinan los días soleados y coincidimos en que los mejores en Caracas son los decembrinos, con esos cielos abiertos y un frío leve que se convierte en caricia. Orlando tiene su propio cultivo en los altos mirandinos. No cree en las nuevas cooperativas, porque lleva 20 y pico de años trabajando con ese sistema en su comunidad y jamás necesitaron que alguien viniese a disputarles –o imponerles- acuerdos. No hay titiaros como los de este señor, ni mangos de hilacha tan apetitosos, y aunque los hubiera es a él a quien me gusta comprarle, allí en el camión, oliendo sin fronteras cilantro, con perejil, mandarinas, melones, guayabas, patillas y parchitas, todo junto para mi.
“¿Quién es la periodista, tu hermana o tú?” Eso que importa, ¿tu respuesta variaría por eso? “No, las dos son mis clientas, ¿probaste las ciruelas?” ¡Ah pues Orlando! Si no quieres hablar del tema, solo dímelo. “Está bien, qué fastidio, ya no me gusta hablar de política. Me da miedo. Uno no sabe a quién le dice qué. Y si dices algo a favor de uno y la cliente es de otro, entonces se arrecha, te voltea los ojos y no te compra nunca más. Ya no me gusta la política”. ¿Te gustaba antes? “¡Claro! Yo me acuerdo clarito de la campaña de Diego Arrias, eso sí fue bueno. O al pobre Renny, que lo mataron vale. O las romerías adecas, eso era un bochinche fino. Antes era celebración, y así ganara el otro tú igualito celebrabas, porque lo importante era la alegría”. Su risa se apagó tan rápido como se había encendido. “Yo creo que Chávez, por eso de que fue militar, nunca celebró nada. Solo batallas, que es lo único pa’ lo que vive. Pa’ pelear, pa’ molestarse con cualquiera. Ese señor no celebra nada, solo regaña”. ¿Y entonces Orlando, qué va a pasar el 3 de diciembre contigo? “Yo no se. Yo iba para las romerías, pero yo no era adeco, solo venezolano. Este candidato es un adeco de aquellos de antes. A lo mejor, si me animo y no hay problemas, salgo a votar, no estoy muy entusiasma’o, y como nunca cambié esa cosa, sigo votando en Carapita donde me inscribí jovencito, y por allá las cosas no andan muy bien”.
Le pedí su promesa de ir a votar. De no quedarse en casa. Me regaló un tomate enorme, que bien podría ser la envidia de muchas manzanas, eso me encanta de él, jamás me voy sin una ñapa. Ojala el 3D sea igual.
Silvia: ¡pásame el pote de laca!
Todo el día así. Parada. Por eso invierte un montón de dinero en pastillas contra las várices, toma mucha agua y cuando puede, se sienta. Es una cuarentona morena espectacular, que desde los 14 años –edad en la que abandonó el liceo- está aprendiendo el oficio de la peluquería. Al sol de hoy es estilista, como lo certifican tres docenas de diplomas que exhibe en cada rincón de su atelier. Ella huele a champú y enjuague, a tintes, agua oxigenada, a ampollas de placenta de ovejo y desriz de barro. Con maestría deja cual seda a los chicharrones más osados de Caracas, por eso creo yo, agradece cuando los pelos son más lisos y le demandan menos pulso.
“Yo el 3 de diciembre me despierto bien temprano. Cuelo mi café, lo meto en mi termo, lleno mi botellita de agua, me pongo protector solar, zapatos de goma, agarro mi banquito Coleman, y de subida compro el periódico y allí me voy a instalar. Lo del Referéndum no vuelve a pasarme ¡no mi amor! Yo llegué a mi casa que parecía un forro de urna, negriiiiiita. ¡No que va! Esta vez me voy preparada a pasar el día allí si es necesario”. ¿Quién crees tú que va a ganar? “Chávez ¿quién más?”. ¿Tú vas a votar por él? “Eso que importa, igualito va a ganar. Él va a ganar hasta que quiera, hasta que le de la gana ¿no crees tú?”. ¿Cómo lo voy a saber? “Pero si tú lees más que yo, tú tienes que saberlo ¿O es que en la universidad no te enseñaron a analizar? Yo veo las encuestas, veo la televisión, leo el periódico, oigo radio, paso el día en eso, y hablo con mis clientas, como contigo, y ese señor va a ganar, yo que te lo digo”. Pero no me has respondido por quién vas a votar tú. “Y tú tampoco me has dicho como lo quieres ¿puntas arriba o metiditas?”. Está bien Silvia, no me digas pues. “Dime tú primero”. Ven para decírtelo al oído –obviamente el soplido le dio cosquillas y se río-. “Por ese también voto yo. Yo lo que quiero es que la cosa vuelva a ser como antes ¿tú te acuerdas? Nadie andaba nervioso ni preocupado así, creyendo que en cualquier momento pasa algo, que si un golpe de estado, que si unos tiros aquí y los muertos allá. Antes éramos como más felices ¿no crees tú?”.
Yo quiero un país ahora. Aunque recuerde como era antes. Una nación se construye con base en su futuro, con lo que queremos, con lo que añoramos, con nuestras procuras y nuestras decisiones cotidianas. Pequeñas decisiones individuales generan grandes cambios colectivos ¿cómo es que gastamos tanto tiempo en añoranzas? ¿por qué carrizo no invertimos lo propio en imaginarnos el país que podemos ser? De tres, tres. Como antes, los de antes. Seguiré preguntando… ¡se buscan soñadores! ¿Quién se suma?